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lunes, 11 de junio de 2018
NUEVA ETAPA DIGITAL DE LA REVISTA CON CIENCIA SOCIAL
Revista fundada hace más de 20 años, por el colectivo FEDICARIA y que ha merecido un reconocido prestigio y rigor crítico. En Mayo de este año ha iniciado una nueva etapa digital.
Puedes consultar EN ESTE ENLACE todo su contenido completo y de libre acceso del que aquí presentamos el SUMARIO.
PRESENTACIÓN Y SALUDO
Del papel a la nube
EDITORIAL
Pacto educativo: ideología para no afrontar la naturaleza social y política del sistema de enseñanza
TEMA DEL AÑO
Política educativa y educación: pactos, leyes y estrategias.
La producción de la política educativa: contextos, actores y dispositivos. F. Javier Merchán
Investigando redes de política educativa: un desafío epistemológico Antonio Olmedo y Eduardo Santacruz
Globalización, rendición de cuentas y gobernanza educativa: análisis de un fenómeno en expansión Antoni Verger y Luis Parcerisa
Conciertos educativos: el futuro cohonestado Jesús Ángel Sánchez Moreno
Leyes y reformas educativas: consideraciones sobre sus actores Alejandro Tiana Ferrer
El asalto neoliberal a la educación Rosa Cañadell
APUNTES CRÍTICOS
El pacto educativo: la religión en la escuela Práxedes Caballero
Un pacto educativo para la educación pública Enrique J. Díez y Agustín Moreno
Entre la Ilustración y el neoliberalismo: abrir el campo de lo posible para una praxis educativa Lucía Forcadell y Mara Socolovski
Una lucha por desnaturalizar la educación para la ciudadanía. A propósito de mi tesis doctoral Marta Estellés Frade
Contra el neoliberalismo académico. A propósito de la tesis doctoral de M. E. Martín Valdunciel Pedro López López
Las corporaciones universitarias en los orígenes del Leviatán moderno Gustavo Hernández Sánchez
Tras la huella de Tersites. Apuntes sobre el papel de la ética y la crítica en la autobiografía de Raimundo Cuesta Vicente Pérez-Guerrero
miércoles, 6 de junio de 2018
TIEMPO DE EXÁMENES. F. JAVIER MERCHÁN IGLESIAS
TIEMPO DE EXÁMENES
F. Javier Merchán Iglesias
Ejerciendo su dominio de manera invisible, el examen es el señor de la clase. Muchas veces, más que transmitir conocimientos, los profesores le dicen a los alumnos lo que tienen que decir el día del examen: las causas de la revolución industrial, los episodios de tal o cual guerra, las etapas de este o aquel reinado...En el desarrollo de la clase la atención de los jóvenes se centra en lo que tiene relación directa con el próximo examen y se dispersa cuando advierten que todo lo que hay que saber está ya escrito en el omnipresente libro de texto. Estudiar no es recabar conocimientos para resolver un problema, estudiar es preparar exámenes.
Aunque se ha naturalizado con el paso del tiempo –hasta llegar a ser impensable la vida sin exámenes- el examen es un invento que tiene su historia. Se trata de un dispositivo pensado para regular el acceso a determinados puestos y al ejercicio de una profesión, o para pasar de un curso o nivel de enseñanza a otro, como es hoy el caso de los exámenes escolares. El objetivo es acreditar que el candidato posee los conocimientos que se requieren para ello. En la época medieval, tanto en las universidades como en los gremios, la fórmula consistía en demostrar ante un tribunal capacidad para ejercer el oficio mediante la realización de una obra maestra o la impartición de una clase. A medida que se fue configurando el sistema escolar los jesuitas practicaron la disputatio, un acto en el que el alumno demostraba sus conocimientos participando en una controversia acerca de algún problema de conocimiento. Pronto, cuando se fue implantando la escolarización de masas, el mecanismo de la controversia se fue sustituyendo por la fórmula que utilizó el imperio chino para seleccionar a funcionarios: preguntas y respuestas realizadas por los profesores, primero de modo oral y finalmente, ya entrado el siglo XX, por escrito.
El examen escolar en la forma que habitualmente se practica ha tenido y tiene sus detractores. Giner de los Ríos en un texto que significativamente titulaba “O educación o examen” propugnaba su desaparición. Hace unos días el filósofo Emilio Lledó señalaba que “hacer exámenes continuamente, es la muerte de la cultura”. El formato del examen que se utiliza en muchas asignaturas y oposiciones, con preguntas cuyas
respuestas están ya escritas en un texto o han sido enumeradas por el profesor días
antes, conduce a una perversión del conocimiento. Saber consiste en repetir lo que otros
han dicho, aprender es memorizar los apuntes de clase o algunas páginas del libro con
el fin de reproducirlas lo más fielmente posible. Para facilitar la memorización y
también la corrección, el contenido se encapsula en pequeñas dosis y, para hacer la cosa
más digerible, las preguntas del examen se simplifican hasta llegar al modo test.
En las circunstancias actuales de la escolarización, a pesar de las fundadas críticas al artefacto, dejar de hacer exámenes no parece una opción viable y quizás tampoco deseable. El número de alumnos al que los profesores deben calificar, la presión social sobre las notas, el tiempo compartimentado en tramos horarios, la misma asignaturización del conocimiento, son factores, entre otros, que hacen del examen un producto genuinamente escolar, una pasta viscosa de la que es difícil desprenderse. Tal vez sólo quepa minimizar daños colaterales, procurando que las distorsiones que el examen provoca en la práctica de la enseñanza y en el conocimiento que adquieren los alumnos se atenúen lo más posibles. No es necesario suprimirlo, quizás sea suficiente con que el examen tenga menos protagonismo Mientras tanto, para los alumnos -y para los profesores- el final de curso será un tiempo de exámenes, un campo de minas que deben sortear.
En las circunstancias actuales de la escolarización, a pesar de las fundadas críticas al artefacto, dejar de hacer exámenes no parece una opción viable y quizás tampoco deseable. El número de alumnos al que los profesores deben calificar, la presión social sobre las notas, el tiempo compartimentado en tramos horarios, la misma asignaturización del conocimiento, son factores, entre otros, que hacen del examen un producto genuinamente escolar, una pasta viscosa de la que es difícil desprenderse. Tal vez sólo quepa minimizar daños colaterales, procurando que las distorsiones que el examen provoca en la práctica de la enseñanza y en el conocimiento que adquieren los alumnos se atenúen lo más posibles. No es necesario suprimirlo, quizás sea suficiente con que el examen tenga menos protagonismo Mientras tanto, para los alumnos -y para los profesores- el final de curso será un tiempo de exámenes, un campo de minas que deben sortear.
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